Uno de cada cinco

Las portadas de nuestros periódicos recogen, casi a diario, nuevas denuncias de abusos sexuales a menores. Las estadísticas son alarmantes. Uno de cada cinco menores ha sufrido algún episodio de abuso sexual en su infancia o adolescencia. La pregunta surge de inmediato: ¿Estamos ante una auténtica pandemia? La respuesta es contundente: Sí. Sin ninguna duda. Y lo estamos por dos razones fundamentales.

La primera es de carácter cuantitativo. Cuando el virus de la gripe afecta a menos del 1% de la población, activamos todos los protocolos sanitarios porque consideramos que estamos ante una epidemia de carácter vírico. Los abusos sexuales a menores afectan al 20% de la población.

La segunda es de carácter cualitativo. Los abusos sexuales a menores producen un cuadro sintomático en las víctimas (ansiedad, depresión, baja autoestima, dependencia de sustancias tóxicas, trastornos del sueño, aislamiento social, suicidio…) que puede durar toda una vida.

Ante esta realidad estamos obligados como sociedad a poner en activo todos los mecanismos sanitarios, educativos, legales y judiciales para prevenir, detectar e intervenir sobre esta plaga que se extiende sin contemplación alguna de barreras geográficas, raciales, económicas o culturales.

El Vaticano ha anunciado la creación de una comisión de investigación que aborde todas las denuncias de abusos sexuales a menores dentro del seno de la Iglesia. En una entrevista para una televisión española el papa Francisco, aludiendo a los escándalos de pederastia en la diócesis de Boston, afirmó que ésa es una cuestión “simplemente de hermenéutica”. No se puede juzgar con la mirada de hoy lo que pasó hace unas décadas, añadió Jorge Bergoglio. Francisco comparó esta hermenéutica con la interpretación actual que se hace de la colonización del continente americano. Hay metáforas que se pueden convertir en una auténtica trampa tendida por el mismísimo diablo.

En Cataluña la Congregación de los Hermanos Maristas y la Compañía de Jesús han  puesto en marcha comisiones de investigación después de aparecer en los medios de comunicación por denuncias de abusos sexuales a menores. Mal vamos si ponemos al lobo a cuidar a las ovejas. Ellos han sido los principales responsables de estos delitos y de su silenciamiento a lo largo de la historia. Un delito de esta índole, señor Bergoglio, no puede ser una cuestión simplemente de hermenéutica.

Ha llegado el momento histórico en que miles de víctimas necesitan ser escuchadas. Imagino un gran libro que recogiera todos sus testimonios. Un libro, parafraseando a Borges, infinito y anónimo que reuniera todos los relatos de la página más oscura de nuestra memoria histórica. Y la gran biblioteca vaticana no sería el lugar más adecuado para albergar ese gran archivo.  Desde Minotauro, el Observatorio de la violencia contra los menores, estamos ya escribiendo algunos de los capítulos de este relato colectivo.

“Si atribuimos a los traumas el carácter de un fetiche incomunicable, los supervivientes quedan atrapados, no se les permite sentir que los conocen de verdad… No supone una muestra de respeto decirle a alguien: “No puedo ni imaginar por lo que has pasado”. Hay que escuchar la historia de estas personas y tratar de imaginar lo que es vivirla, por difícil o incómodo que resulte”.

Phil Klay – Veterano del Cuerpo de Marines de Estados Unidos