¿Hay alguien ahí?

El 15 % de la población occidental padece algún tipo de patología o trastorno mental o emocional, se anuncia el primer gobierno feminista, un menor es detenido por abusar sexualmente de ancianas, en Alemania los ciudadanos se pueden registrar como personas intersexuales, un robot nos atenderá y nos cuidará los últimos días de nuestras vidas…

Éstos son algunos de los titulares que han abierto diarios o informativos. Podríamos añadir algunos más o cambiar éstos por otros. No importa, porque lo relevante de estos titulares es que nos anuncian la llegada de un nuevo mundo, de un nuevo estadio de civilización que nos obliga ya a todos a cambiar nuestra brújula y nuestra agenda diaria. Lo maravilloso/vertiginoso de ser testigos de la entrada a un nuevo mundo es que nos expulsa del que había sido nuestro hogar.

La casa en la que nacimos, en la que disfrutamos de nuestra dulce o amarga infancia, en la que descubrimos nuestra sexualidad y en la que nos acompañaron hasta nuestra vida adulta se derrumba poco a poco sobre nuestras cabezas.

Volvemos a ser nómadas, exiliados de la patria donde pocas de las cosas que nos servían antes nos serán útiles en el largo éxodo que nos espera como humanidad. Despertamos de golpe del dulce sueño en el que creíamos saber quiénes éramos, cómo era el mundo que habitábamos y qué esperaban o necesitaban los demás de nosotros.

Toda mi vida he estado profesionalmente vinculado a la educación de menores y adolescentes. Ellos ya nos pedían, hace más de una década, que alguien les cogiera de la mano para atravesar el seco y cálido desierto que les separaba de una ciudad (una ciudad sin nombre y sin hombres) que les esperaba allende la arena.

Yo lo hice. Y me di cuenta de que en esa nueva ciudad me dedicaría a trabajar con las diferentes formas de violencia, nuevas o heredadas, de las que son víctimas nuestras hijas y nuestros hijos. Ya nunca más nuestros hijos ni nuestras hijas, sino los herederos de un mundo que tenemos todavía que construir. ¿Hay alguien ahí?

“La educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina. También mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no quitarles de las manos la oportunidad de emprender algo nuevo,  algo que nosotros nunca imaginamos.”

Hanna Arendt – La crisis de la educación