Educación en tiempos de confinamiento. Apéndice: Violencia en el hogar

A la serie de artículos titulada Educación en tiempos de confinamiento queremos añadir dos apéndices: uno dedicado a reflexionar sobre la violencia contra menores dentro de los hogares en esta época de confinamiento y el último a reflexionar sobre cómo esta situación de pandemia ha afectado al derecho universal y gratuito a la educación contemplado en nuestra legislación.

La violencia. Éste es el gran tema que ha acompañado la historia de la humanidad desde los grandes relatos mitológicos de las sociedades primitivas hasta los episodios más trágicos ocurridos en el espacio doméstico y que ocupan portadas de diarios casi todos los días. Medea sacrificando a sus hijos por venganza contra su esposo Jasón o Caín asesinando a su propio hermano Abel nos enseñan que el peor de nuestros enemigos suele ser uno de los nuestros.

El confinamiento nos ha obligado a intensificar las relaciones dentro del núcleo familiar. La familia, y así lo demuestran las estadísticas, es uno de los espacios donde la violencia se manifiesta de forma más atroz y persistente. Una violencia que en todas sus formas permanece en silencio durante un largo periodo de tiempo (a veces durante toda la vida) para que las supuestas harmonía y paz familiares queden intactas.

En este periodo de encierro, ¿qué ha pasado con la violencia de género? ¿qué les ha ocurrido a los menores que sufrían abusos sexuales en el núcleo familiar? Y el  ciberbullying, ¿se ha intensificado en esta etapa de hiperconectividad a los dispositivos digitales?

Según los datos proporcionados por el Ministerio de Sanidad y por la Fiscalía General del Estado el número de llamadas recibidas al teléfono 016 motivadas por la violencia de género han aumentado un 47,3% en este periodo de confinamiento respecto al mismo periodo del año anterior. Sin embargo, el número de denuncias ha bajado. El estudio apunta como causas de este descenso de las denuncias: el hipercontrol durante las 24 horas del día del agresor hacia su víctima, el control del móvil de la víctima o que el mismo hecho de convivir con el agresor todas las horas del día incapacita a la víctima a interponer denuncia en el juzgado.

Recordemos la preocupante cifra que indica que el 83,3% de los  asesinatos de mujeres en manos de sus parejas o exparejas tuvieron el domicilio como escenario del crimen en el año 2018.

En MINOTAURO – Observatorio de la violencia contra los menores, queremos poner especial atención a las víctimas colaterales de este tipo de violencia que tiene el hogar como lugar donde se perpetran las agresiones y los asesinatos. Nos referimos, claro, a los menores que casi siempre son testigos directos de estos episodios.

La invisibilidad de las víctimas mujeres de la violencia de género ha llevado consigo un nivel más profundo de invisibilidad que han sufrido los menores. Diferentes colectivos desde hace unos años han puesto el acento en esta cuestión para dar voz a los que nunca la tienen. Los estudios indican múltiples consecuencia negativas sobre los hijos e hijas que viven a diario la violencia de género. Las más destacadas son: riesgo de alteración del desarrollo integral, sentimientos de amenaza, dificultades para el aprendizaje, dificultades para una correcta socialización, actitudes y comportamientos violentos hacia sus compañeros, enfermedades psicosomáticas y psicológicas, ser víctimas de maltrato por parte de sus progenitores, violencia trasgeneracional y alta tolerancia a las situaciones de violencia.

El asesinato de la madre sitúa a estos menores, además, en una situación de orfandad que aumenta exponencialmente la vulnerabilidad física, psicológica y social que llevan arrastrando desde un largo tiempo en sus vidas. La actual ley de violencia de género debería ampliar las medidas de prevención, intervención y actuación sobre los menores.

El acoso escolar es un tipo de violencia que ha encontrado en las redes sociales y los dispositivos digitales un escenario nuevo y muy productivo para el ejercicio de la violencia. El término que se utiliza para definir las agresiones de menores a otros menores a través de internet es ciberbullying. Los datos de la Fundación Anar son determinantes respecto al aumento de este tipo de acoso en comparación con el que se produce en los centros educativos en tiempo y en espacio reales. Durante este periodo de confinamiento han aumentado las llamadas de socorro de menores y la gravedad de los casos también ha aumentado dramáticamente.

Hace dos años en el Observatorio tuvimos el caso de un adolescente que se había construido cuatro perfiles falsos en las redes sociales. Uno de ellos era un perfil femenino. A través de estas cuatro identidades insultaba, degradaba y se mofaba de sus compañeros de clase. Ya hablábamos de ello en los artículos anteriores. El sujeto biopolítico de la Sociedad Industrial deviene subjetividad psicopolítica en la Sociedad Digital. Una especie de habitar fluido de la identidad que puede metamorfosearse a través de las diferentes aplicaciones y ejercer la violencia desde el anonimato veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

Los estudios sobre las nuevas generaciones de víctimas del acoso escolar relatan que para ellas es más ofensivo, doloroso y degradante el acoso psicológico sufrido en las redes sociales que el que sufren en las agresiones físicas en los centros educativos.

Las cifras sobre el abuso sexual son todavía más dramáticas. Uno de cada cinco, así titula la campaña de la Unión Europea destinada a la concienciación social de esta violencia. Imaginemos que las estadísticas indicaran que uno de cada cinco europeos se hubiera contagiado de Coronavirus. Las medidas de confinamiento que hemos vivido se hubieran intensificado hasta niveles insospechados. Miles de millones de euros se hubieran puesto a disposición de las sanidades públicas de todos los estados y un gran número de investigadores hubieran sido destinados a la investigación para el descubrimiento de una vacuna.

Bien, pues hace ya demasiados años que sabemos que uno de cada cinco menores de 17 años ha sufrido algún tipo de abuso sexual durante su infancia o adolescencia. Y todavía no somos capaces de entender que el abuso sexual a menores es también una pandemia cuyos efectos se prolongan en el tiempo de vida de las víctimas y, en algunos casos, acaban con ellas a través del suicidio. Y volvemos a la familia y al domicilio para advertir que en él se perpetran el 80% de estos delitos. La familia y el hogar no son los paraísos soñados de nuestra infancia. A menudo conforman una memoria personal y colectiva que sólo se podría escribir con letra de sangre.

Confinamiento y violencia en la familia son dos realidades que, combinadas, producen un efecto dinamitador para el crecimiento y el desarrollo de niños y adolescentes. El hogar es el escenario de la mayor parte de estos delitos. Estas semanas de encierro han significado para muchos menores, demasiados, muchos más que antes del confinamiento, citando a Arthur Rimbaud, una temporada en el infierno.

En esta época de confinamiento en la que los políticos y los medios de comunicación se han dedicado exclusivamente al COVID-19, ha dejado en el cajón un proyecto de ley absolutamente urgente para prevenir, detectar e intervenir sobre otra pandemia. La Ley de protección integral de los menores se ha aplazado en la agenda política del actual gobierno y eso es una auténtica temeridad, sobretodo en estos días de encierro. Los menores no tienen voz. Tenemos que acercar nuestros altavoces adultos para escuchar su dolor. Si no lo hacemos, nuestro empecinamiento ciego, sordo y mudo seguirá condenándolos para siempre. Recordaba escribiendo este artículo el ensayo Can the subaltern speak?(¿Pueden los subalternos hablar?) de Gayatri Spivak. La condición de subalternidad de los menores en todo el mundo sumada a su condición de víctimas de la violencia de género, del ciberbullying o del abuso sexual los ha hecho todavía más conscientes de que la verdadera y más dolorosa violencia es la de los suyos, que es la de los nuestros, que es, demasiado a menudo, la nuestra.

“Me solivianta esa representación mediática, sobrecargada de tintes melodramáticos, de lo que se presenta como los violentos, esos seres degradados que usan ilegítimamente la fuerza bruta y que son siempre ellos, los otros. No es que los otros sean violentos, sino porque son, en efecto, los otros que les atribuimos como uno de sus rasgos consustanciales el ejercicio de la violencia.”

¿Cómo definir la violencia? – Manuel Delgado