Educación en tiempos de confinamiento – 4. Trastornos en la era digital

En los primeros tres artículos hemos intentado trazar un horizonte sobre la transformación de la escuela-fábrica en la escuela digital, la nueva forma que la sociedad digital dará a nuestro cerebro y la reconfiguración del triángulo del saber pedagógico propuesto por Jean Houssaye en el que la relación entre el saber, el docente y el estudiante cambiarán ya para siempre.

En este último artículo intentaremos abordar los trastornos asociados al desarrollo de las tecnologías digitales circunscribiendo nuestro foco de atención a las disfunciones asociadas al aprendizaje o a las prácticas asociadas por los menores y adolescentes en el uso de los diferentes dispositivos y redes sociales. 

Toda época histórica está vinculada estrechamente a una serie de patologías que han acompañado a la humanidad en su devenir histórico. La peste negra, la tuberculosis o el VIH han marcado de forma profunda las estructuras sociales, políticas y económicas en las que estas pandemias tuvieron lugar. Byung-Chul Han en su ensayo La sociedad del cansancio describe tres grandes épocas respecto a las características de los agentes patógenos que colocaron a la humanidad ante el espejo de su propia vulnerabilidad. La primera de ellas fue la bacteriológica superada por la aparición de los antibióticos. La segunda época fue la vírica superada por la técnica inmunológica. Ahora, afirma Han, estamos en lo que él denomina época neuronal. A esta definición pertenecerían una serie de patologías como la depresión, el trastorno mixto ansioso-depresivo, el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de personalidad (TLP) o  el síndrome de desgaste ocupacional (SDO). 

Trastornos todos ellos que se extienden sin remisión entre las sociedades tecnológicamente más desarrolladas. Ya apuntábamos en el artículo anterior que la transformación del sujeto de obediencia (propio de la Sociedad Industrial) en el sujeto de rendimiento (propio de la Sociedad Digital) colocaba al individuo en una tesitura nueva respecto al cumplimiento de las expectativas académicas, profesionales y vitales. Y que esta nueva tesitura estaba estrechamente vinculada a los dispositivos digitales que inundan nuestras vidas y que nos tienen hiperconectados 24 horas al día, 7 días a la semana.

Cuando empezó el gran confinamiento en la ciudad de Wuhan y que ha ido llegando a buena parte de la población del planeta, fue la infección global producida por un virus la que provocó esta medida asumida por los gobiernos de los diferentes estados que se han visto afectados por esta pandemia. Estaríamos, pues, todavía en la era vírica, según sostiene Byung-Chul Han. El confinamiento nos ha llevado a acabar de poner en marcha la era digital: incremento de las compras online, videoconferencias para la comunicación entre los individuos y el desarrollo laboral de algunas profesiones, clases virtuales entre docentes y estudiantes o el teletrabajo se han instalado en nuestras vidas de forma abrupta. Y un apunte más. Los estados que han podido contener con más eficacia al COVID-19, lo han hecho implementando el Big Data en el control de la trazabilidad a gran escala de los móviles de los ciudadanos. Una infección vírica que se controla a través de la tecnología digital y que obliga a los ciudadanos a conectarse con más intensidad a los dispositivos digitales. El COVID-19 podría ser esa frontera invisible entre la antigua era vírica (Sociedad Industrial) y la era neuronal (Sociedad Digital).

Una de las prácticas a la que los estudiantes se han habituado con mucha comodidad ha sido lo que conocemos como multistaking (multitarea). Esta habilidad consiste en poder atender diferentes tareas al mismo tiempo. En el caso de los menores y adolescentes estudiar, atender a las infinitas interacciones que envía el móvil (whatsapp, instagram) y visualizar diferentes pantallas al mismo tiempo se ha convertido en una práctica habitual entre los estudiantes. La distracción es un fenómeno muy positivo para nuestro cerebro porque puede optimizar nuestro rendimiento para obtener algo de forma más eficaz. Imaginemos que vamos a comprar un kilo de naranjas a la frutería de siempre que está un poco lejos de casa. Si al distraernos descubrimos que una nueva frutería ha abierto en la esquina de la calle, entraremos y conseguiremos lo que queríamos en menos tiempo. Las distracciones con moderación nos proporcionan también abrirnos a nuevos retos, plantearnos nuevas metas y,  por supuesto, nos proporcionan vías de escape a nuestras preocupaciones diarias que a veces nos desbordan.

¿Pero qué ocurre cuando estas distracciones están permanentemente presentes durante todas las horas del día y vinculadas a los dispositivos digitales que a través de sus sonidos, inputs luminosos o vibraciones impiden concentrarnos en nuestras tareas? Conectar y desconectarse permanentemente a los dispositivos digitales en espera de una señal (respuesta o mensaje positivos) produce los mismos efectos que una noche sin dormir o que el consumo de marihuana. Los cerebros de la era digital están sometidos a una violencia neuronal sostenida sobre los efectos en el cerebro que producen las recompensas de los inputs digitales en forma de inyección de dopamina. Según un estudio hecho en el mundo laboral las distracciones en una oficina ocupan 2,1 horas diarias y el foco de atención llega a cambiarse una media de 20 veces cada hora. 

El placer instantáneo y efímero que producen los inputs de los dispositivos digitales (emoticones, sonidos, la hipercomunicación o las victorias en un videojuego) producen cerebros adictos que necesitan, una vez se ha acabado el estimulo, una nueva dosis de dopamina para reequilibrar el cerebro. Los estudios en neurobiología han puesto de manifiesto que las actividades que más placer nos producen son aquellas que nos requieren toda nuestra atención y nos inundan sensorial, intelectual y emocionalmente, como por ejemplo: tocar el violín, conducir o lavar los platos. 

El trastorno del aprendizaje por excelencia que se ha ido extendiendo también a gran escala durante las dos últimas décadas tiene unas siglas tan conocidas como si de una gran marca comercial se tratara. Nos referimos, claro, al TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e  Hiperactividad). Los síntomas asociados a este trastorno son fundamentalmente tres: una inatención moderada o grave, inquietud motora y comportamiento impulsivo. José Ramón Ubieto y Marino Pérez en su libro Niñ@s Hiper sostienen que el dispositivo TDAH se ha extendido tanto en la evaluación psicológica y académica de los menores que bajo esta categoría han sido diagnosticadas actitudes como la mala educación, la falta de interés, la desmotivación o los comportamientos disruptivos derivados de situaciones familiares o sociales complicadas. Algunas dificultades en el aprendizaje, en lugar de recibir la práctica educativa adaptada al menor se soluciona por la vía rápida con un diagnóstico y una prescripción farmacológica.

La primera pregunta que nos deberíamos plantear es si la inatención de estos menores está asociada a la estrecha relación con los dispositivos digitales que permanentemente nos envían inputs luminosos o sonoros y que nos dificultan la concentración en las tareas académicas. Las Escuelas Waldorf, a las que acuden la mayoría de los hijos de los trabajadores de las grandes empresas tecnológicas, prohíben el uso de dispositivos digitales durante toda la educación básica. José Ramón Ubieto y Marino Pérez van más allá y ponen de manifiesto que la empresa farmacológica norteamericana que está detrás de todo el universo TDAH puso en marcha la prescripción a gran escala de medicamentos para luchar contra este trastorno a raíz de un estudio estadístico comparativo de las habilidades y los resultados académicos entre los menores estadounidenses y los menores de la desaparecida Unión Soviética. El gobierno norteamericano advirtió que los menores soviéticos alcanzaban mejores resultados académicos y, en lugar de plantearse la mejora de su sistema educativo, escudriñó en las mentes de niños y adolescentes y diagnosticó a muchos de ellos con estas cuatro siglas. Las consecuencias en el desarrollo cerebral a largo tiempo provocadas por el  suministro a gran escala de los psicofármacos que ayudarían a los menores a mejorar sus resultados académicos no los conocemos. 

Una sentencia del psiquitara estadounidense Leon Elsenberg pronunciada antes de morir en el año 2009 y publicada por el diario alemán Der Spiegel no hace sino engrandar la leyenda del TDAH: “El TDAH es una enfermedad ficticia”. Pues ya tenemos todos los ingredientes para comprender que el TDAH es una patología que define y se ajusta a la perfección a las características de la sociedad digital: es una enfermedad del cerebro, su tratamiento requiere el suministro de psicofármacos, sobre los menores diagnosticados se instituye un cierto  grado de violencia neuronal tanto química como terapéuticamente a través de las visitas a psicólogos y psiquiatras y, finalmente, incorpora en su breve historia una dimensión de la post-verdad. Una verdad que repetida y retransmitida por las grandes estructuras médicas, farmacológicas y mediáticas se instala como una práctica habitual en todas nuestras escuelas.  

En el artículo anterior apuntábamos que la hiperconectividad que producen los dispositivos tecnológicos han permitido a los menores el acceso inmediato al mundo de los adultos. La gran sentencia de Neil Postman en la que sostenía que la infancia la inventamos con la imprenta y empezó a morir con la llegada de la televisión, se hace patente de forma explícita con el consumo de pornografía en internet. Las páginas que muestran escenas de cine para adultos son las más visitadas con diferencia en la omnipresente World Wide Web. Según un estudio publicado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) en el año 2014 alertó de que el colectivo que más consumía pornografía en la red era el formado por menores entre los 12 y los 16 años. La evolución de este consumo apunta ya en el 2019 un descenso hasta los 8 años en el inicio del consumo de este tipo de videos. 

La pornografía en la red tiene como prácticas más habituales el BDSM (Bondage Sado-Maso), el Spanking, el Gang Bang o el Pissing. Prácticas en las que el cuerpo de la mujer es usado como mercancía sexual para el disfrute de los actores hombres protagonistas de las escenas.  Escenas que simulan agresiones, violaciones, dominaciones o felaciones que una actriz realiza a un grupo de hombres que la rodean en círculo. Esta última práctica ha sido protagonista de portadas de diarios en nuestro país porque había sido llevada a cabo por lo que conocemos como MANADAS: grupos de hombres jóvenes que durante una fiesta nocturna ponen como colofón una agresión sexual colectiva que graban en video y comparten en redes privadas con amigos que aplauden la fechoría.  La ONUDD advierte también de que el consumo infantil de estas prácticas es paralela al aumento de las agresiones sexuales protagonizadas por menores que se han educado sexualmente en Pornhub o Youporn y que no son capaces de discriminar entre la ficción y la vida real. 

Hace unos meses en una conversación informal con un adolescente, me nombró la lista de sus diez actrices porno preferidas, como si de la plantilla de un equipo de fútbol se tratara. La educación sexual de nuestros menores está en internet y la pornografía heteropatriarcal de dominio y violencia sexual hacia las mujeres continúa el patrón simbólico heredado de etapas que creíamos superadas. La era digital se ha instalado en nuestras vidas ya definitivamente y de forma abierta y explícita en estos ya dos meses de confinamiento y con ella han llegado grandes transformaciones a las que estamos abocados como si de un gran precipicio se tratara. Como en todas las grandes transformaciones históricas parece que ya no hay marcha atrás: escuela digital, devenir cyborg, performateo del cerebro digital y violencia neuronal son ya realidades a las que deberemos acostumbrarnos y a las que deberemos poner límites a través de dispositivos legales, económicos, tecnológicos y domésticos.

“El capitalismo agudiza el proceso pornográfico de la sociedad en cuanto lo expone todo como mercancía y lo entrega a la hipervisibilidad.
Se aspira a maximizar el valor de exposición.
El capitalismo no conoce ningún otro uso de la sexualidad.”
La Sociedad de la Transparencia – Byung-Chul Han