Amanda T., víctima del bullying

El Teatro Nacional de Cataluña programó la pasada temporada la obra Amanda T. Una radiografía sobre una adolescente que fue víctima de acoso escolar durante años y que anunció su suicidio en Youtube.

El relato sordo de Amanda escrito sobre papeles en blanco es estremecedor. Sin apenas reconocer su rostro, con lágrimas en los ojos, la joven explica los episodios más duros de sus últimos meses. En uno de esos papeles transcribe lo que le decían sus compañeros: “I hope she sees this and kills herself” (Espero que ella vea esto y se suicide).

La historia de Amanda es uno de los episodios más graves en la negra historia del acoso escolar. Pero no hace falta remitirnos a situaciones tan graves. El bullying  puede manifestarse de diferentes formas y en diferentes grados de intensidad que a veces dificultan su visibilidad y la posibilidad de detectarlo.

Para poder determinar si se está produciendo una situación de acoso escolar es importante tener en cuenta cuatro indicadores.

  1. El primero es la manifestación de conductas violentas físicas o psicológicas. Los menores y adolescentes de hoy en día son más sensibles a la violencia de carácter psicológico que a las agresiones físicas. Una violencia psicológica que opera sobretodo a través de las redes sociales.
  2. El segundo indicador es la diferencia significativa respecto a la edad, la fuerza física, la madurez, la capacidad intelectual o el liderazgo social entre el acosador y la víctima. En este sentido los menores con algún tipo de vulnerabilidad de tipo físico o intelectual tienen más probabilidad de sufrir acoso.
  3. El tercero es la reiteración en el tiempo de estas conductas violentas. Hay menores que relatan haber sido víctimas de acoso escolar durante un largo periodo de su infancia o adolescencia. Las huellas imprimidas durante este tiempo pueden perdurar toda la vida.
  4. La cuarta, y muy relevante, es la presencia de observadores de estas conductas violentas. Algunos de estos observadores se suman a las agresiones contra la víctima y otros permanecen como meros observadores pasivos sin denunciar estas conductas y sin proteger o apoyar a la víctima.

Según nos indican las estadísticas el 10% de los menores sufren actualmente algún tipo de acoso escolar. Se hace necesario, por tanto, poner en la agenda política, educativa, sanitaria y legal los dispositivos necesarios para prevenir, detectar e intervenir ante esta epidemia.

Amanda, claro, no se suicidó, sino que la indujeron hasta la saciedad a hacerlo.

“I és que encara que costi de creure hi ha un munt de mestres, directors, i monitores de molitíssimes escoles que no fan res, no diuen res i no protegeixen les víctimes. Com qui diu, ni se les miren.”

Lolita Bosch – La Ràbia