Infancias 5G

La infancia no es sólo aquel paraíso perdido del cual el tiempo nos expulsó para siempre. La infancia no es siempre la casa familiar en la que los juegos y las risas se alternaban como en una sinfonía perfecta. La infancia puede ser al mismo tiempo una habitación del dolor, una celda de la que huir o la tumba abierta de una perversión infantil o de un crimen adolescente.

De lo que somos conscientes desde que Neil Postman publicara La desaparición de la infancia en el año 1982, es que la infancia la inventamos con la imprenta y empezó a morir con la llegada de la televisión. Con la invención de Guttemberg los secretos de los adultos quedaban resguardados de los niños gracias a la incapacidad de leer de estos últimos y a su paulatino y largo aprendizaje en la interpretación de los textos. La invasión de la imagen que se instaló en cada uno de nuestros hogares a través de los televisores empezó a difuminar la frontera entre el mundo adulto y el infantil. La lectura de las imágenes no requería años de esfuerzo y aprendizaje, era inmediata y abría las puertas del mundo adulto a niños y jóvenes de muy temprana edad.

Jose Ramón Ubieto y Marino Pérez Álvarez en su libro Niñ@s hiper apuntan a la disolución absoluta de esa frontera con la llegada de las nuevas tecnologías. Algunos datos estadísticos confirman la hipótesis de estos autores. Según un estudio de la ONU, el colectivo que más consume pornografía en las redes sociales lo conforman menores de entre 12 y 17 años con un repunte este último año de consumidores de porno que baja hasta los ocho años de edad. El 4% de los menores hace apuestas en internet de forma muy reiterada. Aunque la edad recomendada para el uso del primer teléfono móvil y de un perfil en cualquier red social sea la de 16 años, los datos indican que la mayoría de nuestros menores accede a ellos entre los 10 y los 12 años.

Hemos empezado a percibir que la idea que teníamos de la infancia y de la adolescencia se está convirtiendo en un no-lugar. O, utilizando ya la nueva tecnología que se va imponer en nuestras vidas cotidianas, puede que nos enfrentemos a Infancias 5G. Esta tecnología tiene que ver sobre todo con la velocidad. La velocidad con la accedemos a la información, con la que nos ponemos en contacto con el mundo (casas inteligentes, coches sin conductores) y con nuestros familiares, amigos o compañeros de trabajo. Y la velocidad, ya lo sabemos por propia experiencia, reformula nuestra relación con el tiempo y el espacio. Infancias 5G serán, pues, infancias vividas a toda velocidad en las que el tiempo del niño y el del adulto puede que lleguen a solaparse hasta hacer imposible su diferenciación.

La infancia se nos escapa de las manos, es un espacio que estamos desterritorializando, un tiempo colapsado por la irrupción vertiginosa de la tecnología, un país en el que nuestros menores se alzan como gobernantes y los adultos como súbditos, una burbuja habitada por subjetividades hiperconectadas, hiperactivas e hipersexualizadas. Unas infancias hiperpatologizadas por diagnósticos médicos que intentan medicalizar cualquier conducta que antes asumíamos como parte del proceso de maduración de un menor o de un adolescente. El TDAH (Trastorno de Atención e Hiperactividad) planea sospechosamente sobre menores disruptivos, inmaduros, maleducados, movidos, aburridos, descarados o con alguna dificultad en el aprendizaje.

El prefijo Hiper inunda cada una de las facetas del desarrollo actual de los menores. Un prefijo que desborda el propio mundo al que alude y dificulta a niños y adolescentes a situarse en un tiempo y un espacio determinados. Lo Hiper dinamita la infancia y la adolescencia ya para siempre. Quizás nunca existieron y las construimos como sueños imposibles a los que volver cuando nuestra vida adulta nos resultaba demasiado insoportable.

No tenemos respuestas claras, tan solo preguntas. Una imagen me viene a la mente cuando intento acabar este artículo. Se trata de la última escena de la película Los 400 golpes de François Truffaut. Antoine Doinel, el preadolescente protagonista de la historia, huye de su hogar, de su ciudad natal, de su propia infancia en blanco y negro. Sobre la línea del horizonte de la playa a la que arriba sin echar el ancla y sobre la turbada y apabullante mirada del protagonista que  desafía a la cámara interpelando al espectador aparecen las tres letras que clausuran su tiempo infantil: FIN.

Septiembre nos vuelve a dar cada año la oportunidad de reflexionar sobre aquel niño o aquella niña que nunca llegamos a ser.

“Como una epidemia, extendiéndose rápidamente de país a país, la metamorfosis infectó a toda la raza humana. No alcanzó prácticamente a nadie de más de diez años, y no se salvó prácticamente nadie de menos de esa edad. Era el fin de la civilización, el fin de los ideales que los hombres venían persiguiendo desde los orígenes del tiempo.”

Arthur Clarke – El fin de la infancia