Homosexualidad y Geopolítica

Voy a hablar de homosexualidad. Y aunque parezca paradójico esta cuestión no es exactamente la misma que hablar de homosexuales o de gays. La homosexualidad es una práctica que pueden llevar a cabo hombres que practican sexo con hombres (HSH) o mujeres que practican sexo con mujeres (MSM). Otra cosa bien diferente es considerarse a uno mismo gay, lesbiana, marica, transexual, bisexual o queer.

La homosexualidad es, pues, una práctica sexual que no tiene por qué determinar ni la identidad ni la expresión del género. Es tan solo una práctica y como tal alude directamente al ejercicio de la libertad por parte de todos los seres humanos.

Como ciudadano de lo que geopolíticamente conocemos como sociedad occidental y que vive, además, en una metrópolis, uno siente que la homosexualidad ha sido, no sólo despenalizada, sino socialmente aceptada como una de las prácticas sexuales que todo ser humano puede llevar a cabo libremente.

Hacer el ejercicio de echar la vista más allá de nuestra realidad, a menudo demasiado etnocéntrica, supone descubrir un panorama desolador en cuanto a la práctica de la homosexualidad se refiere.

El 28 de junio quizás sea una buena excusa para echar un vistazo a cuál es el actual panorama mundial respecto a la legalización o criminalización de la homosexualidad.

Suecia, Portugal, México, Bolivia, Ecuador, República Sudafricana y Nepal la protegen constitucionalmente. Este nivel máximo de protección nos puede hacer entender la oscura y castigada historia de la homosexualidad a lo largo de los últimos siglos. Hace apenas unas décadas, en los campos de concentración nazis había pabellones destinados a los homosexuales que eran señalados con un triángulo invertido como símbolo de la ignominia que los condenaba al exterminio. Situar a la homosexualidad en un nivel de protección constitucional supone considerar esta práctica como un derecho esencial en el sistema político que está vinculado con defensa de la dignidad humana. Sería difícil encontrar mejor forma legal para protegerla y más bellas palabras para instituirla en nuestro ordenamiento como sociedad.

Más allá de esta protección a nivel constitucional encontramos una serie de países que ofrecen una amplia protección en cuanto a derechos civiles, sociales y laborales: Canadá, Brasil, Chile, Argentina, Colombia, Perú, Uruguay, Surinam, Guyana Francesa, Honduras, Nicaragua, Angola, Islandia, los países del ámbito de la Unión Europea, Georgia, Tailandia, Mongolia, Corea del Sur, Nueva Zelanda o Australia serían algunos de estos países. Taiwan y Ecuador acaban de aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo el pasado mes de mayo. Es el primer país asiático en hacerlo.

Encontramos también un buen número de países donde no está penalizada explícitamente la práctica de la homosexualidad pero tampoco no goza de ningún tipo de protección legal: Rusia, China. Uganda, India, Turquía, Paraguay, Panamá, Costa Rica, Guatemala, Madagascar, Congo, República Democrática del Congo, República Centroafricana, Gabón, Mali, Níger, Burkina, Costa de Marfil, Indonesia, Vietnam o Camboya.

Egipto o Jordania son dos países en que se criminalizan de facto las prácticas homosexuales.

En otros treinta y un países se castigan las prácticas homosexuales con una pena de hasta ocho años de prisión. Algunos de esos países son: Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, Senegal, Guinea, Liberia, Ghana, Camerún, Chad, Namibia, Etiopía, Eritrea, Namibia, Zimbabwe, Islas Comores, Bhután, Papúa Nueva Guinea, Uzbekistán o Turkmenistán.

En veintiséis países las prácticas homosexuales están castigadas con una pena que va desde los diez años de prisión hasta la cadena perpetua: Sri Lanka, Malaysia, Myanmar, Kenia, Tanzania, Uganda, Malaui, Zambia, Sudán del Sur, Nigeria, Guyana, Jamaica o Siria son algunos ejemplos.

Y finalmente, en la lista más negra, encontramos doce países donde la homosexualidad está castigada con la pena muerte: Nigeria, Sudán, Mauritania, Somalia, Arabia Saudí, Yemen, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Pakistán, Afganistán, Irán y Brunei.

Y querría añadir una última reflexión de carácter también geopolítico. Le Marais en París, Castro en San Francisco, Chueca en Madrid, Soho en Londres, San Telmo en Buenos Aires, Schöneberg en Berlín, el Barrio Alto en Lisboa, Greenwich Village en Nueva York, Grachtengordel en Asmterdam o el Gaixample en Barcelona son espacios de libertad únicos y muy particulares en el mundo. Son barrios situados en grandes metrópolis en los que sus ciudadanos se han podido liberar de la opresión y de la marginación. Más allá de estos oasis de civilización y de las ciudades que los acogen, el paisaje se vuelve mucho más árido, mucho más peligroso y mucho más siniestro.

28 de junio de 2019. Algunos lugares de nuestro mundo, seguramente demasiados, siguen recordándonos ciudades del Antiguo Testamento.

“Entonces el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego, […] y destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos los habitantes de las ciudades y todo lo que crecía en la tierra”.

Génesis 19: 23-29