¿Por qué nuestro sistema educativo no enseña a estudiar?

Me gustaría publicar mi primer artículo compartiendo con vosotros la valoración del proyecto que he llevado a cabo este año gracias a Hemisferios, que ha sido estrenarme haciendo una actividad extraescolar basada en técnicas y habilidades de estudio.

Para quien no conozca en qué se basan las técnicas y habilidades a las que me refiero, comentar que ha habido y sigue habiendo una gran investigación detrás de la fisiología de nuestro cerebro, desde la cual se han podido estudiar científicamente las mejores situaciones que requiere nuestro disco duro para trabajar de la forma más óptima posible. Esas situaciones son las que llamamos técnicas y habilidades cuando nos centramos en el mundo del estudio, y se pueden utilizar para cualquier información que queramos retener en la memoria de la manera más eficaz y duradera posible.

Es cierto que no todo es conocer la técnica, yo personalmente me apoyo en 3 conceptos para crear un estudio exitoso, aunque no todos dependan de nosotros; que son poder, querer y saber estudiar. Poder porque por desgracia no todos tenemos la misma capacidad (complicaciones personales) o circunstancias (complicaciones ajenas a nosotros), querer porque nuestra curiosidad e interés en aprender es el motor que nos hace llegar hasta límites impensados, y por último saber qué pasos dar para llegar a ese fin que es adquirir nueva información. Dicho con otras palabras, para llegar a un destino necesitas tener un camino que recorrer, querer recorrerlo y saber cómo hacerlo.

Durante todo el curso he trabajado con alumnos de diferentes edades, lo cual me inclinaba a pensar que detectaría una más fácil asimilación de conceptos en alumnos de cursos superiores, ya que ellos eran los que más tiempo llevan estudiando. Es verdad que sí he notado este efecto a grandes rasgos, pero también me he dado de bruces contra la mayor queja y problemática de los docentes: la necesidad de cada alumno de ir a un ritmo diferente. Observas a niños que entienden y realizan los ejercicios con rapidez y otros que, aun con ganas, necesitan más tiempo de comprensión. También es cierto que (siempre desde mi experiencia) la velocidad no ha seguido ningún tipo de relación con el resultado después encontrado. Entonces me surgía la duda de a qué ritmo debía ir yo impartiendo mi clase. Al ser una extraescolar enfocada a aquellos que más dificultad les supusiese, daba por hecho que mi principal objetivo era conseguir que todos siguieran mi explicación, así que intentaba ir a la mayor velocidad que aquellos alumnos que necesitaban más tiempo de asimilación, tolerasen bien. Si bien es cierto que esto provocó otras situaciones paralelas, como que el nerviosismo típico de la salida del colegio después de la jornada se manifestase con más intensidad, al igual que la desconcentración en algunos momentos, problema que creo, hemos sorteado con eficacia.

Mi trabajo se basó en la motivación y sobre todo en saber aprovechar al máximo el rato de estudio. Desde la actitud y el orden, hasta saber extraer las ideas clave o la organización. Aunque creo que, si en los exámenes evaluamos a un alumno por su memoria y estudio previo, debemos asegurarnos (desde nuestros sistemas educativos) que sabrá seguir este proceso de forma óptima, porque por mucho que tenga la capacidad de hacerlo, como no encuentre el camino, nunca llegará al destino que hoy día parecer ser, aprobar.

“Ningún vencido tiene justicia si lo ha de juzgar su vencedor”.

Francisco de Quevedo